Técnico deportivo superior de escalada

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Huesca

MITRA

 

Culebreando a través de la chimenea de la Mitra, de su Directa, por decir algo, una fisura perfecta donde el encajonamiento del cuerpo es el máximo seguro. La lejanía de las escasas chapas y la imposibilidad de protección no te deja pensar más que en hacía donde coloco la espalda, donde va el próximo pie, quizás allí pueda reposar, por favor que no se rompa este garbancito porque si lo hace me voy a convertir en una lija voladora. Aquí encerrado en este submundo encajonado de conglomerado sospechoso, solo, el compañero queda abandonado por allí abajo condenado a dar cuerda por instinto y a encogerse cuando yo en lo alto grito  ¡ojo!. El pantano de Vadiello, el puro, el mallo San Jorge, sus vistas, desaparecen, como también se difumina la mirada hacia ti mismo, no puedo evitar llegar a una chapa y buscar con ahínco la siguiente, y ver no con sorpresa como mi instinto de conservación desea su cercanía, a la vez que intento excavar un profundo agujero para arrojar tanto la falta de valor como a la temeridad, y así conseguir fluir por el terroso conglomerado.

Los sucesivos enganchones de mis zapatillas, colgadas en la parte posterior del arnés dificultan mi serpenteo y vomito palabrotas y gemidos en cada atasco. La tierra de mi propio boquete no está bien prieta y los gusanos vuelven cuando no consigo vislumbrar la próxima posibilidad de asegurarme, así que vuelvo a coger la pala para amasar de nuevo. Por suerte la chimenea se abre antes de volver a sacar las herramientas. Flotando entre cantos rodados y tierra prensada llego a un hermoso jardín al pie de una ventana que nos enseña la cara noroeste.

Cuatro largos más abajo, mi compañero se estuvo peleando con los primeros clavos que nos adentran en esta característica aguja, evitada por algunos escaladores, que nos ofrece una escalada atenta  dejando su sello en el archivo emocional de quien sube por ella.

La primera parte, la vía nos conduce por la línea más evidente, sin obligarnos más de V/V+, el libre requiere soltura, y un jardín nos sesga la conversación vertical. A partir de aquí se cuela por una chimenea, unas veces más ancha, otras más estrecha, unas veces más rota, otras un poquito menos. Es la parte más intensa, que más nos invita a hacer gala de nuestra hermandad con la roca.

Atravesar la ventana nos traslada de un soplido al más puro romanticismo y la naturaleza nos recuerda nuestra humildad, mientras nuestro cuerpo se va colando maravillosamente a través de las dificultades. Hasta que ya en la cara contraria un plancha desplomada nos marca el final del largo. Parabolts, spits y buriles nos ayudan a superarla, en algún momento a los tobillos les pitan los oídos mientras la cinta de tu arnés se cuelga del segundo buril medio salido seguido, tras un poco de sudor y maldiciones una cómoda chimenea primero y una ancha canal después permiten completar el espiral que se le hace a la punta más alta de la aguja.

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